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Hernández y Santana, memoria viva de la fiesta de la Caña Dulce
El matrimonio formado por Juan Hernández y Lola Santana han participado durante más de cinco décadas en la fiesta de la Caña Dulce en Jinámar. En su casa se confeccionaban banderines y papagüevos. Constituye la memoria vida de la historia de estos fastos y del pueblo de Jinámar.

Los surcos en la cara denotan varias décadas de vida a las espaldas. Los ojos, por los que también ha pasado el tiempo, han visto la evolución de lo que fue “un pueblo con cuatro casas”. La suya, una historia marcada por el duro trabajo y el esfuerzo para sacar a una familia numerosa adelante, pero también por más de un dulce recuerdo.
Lola Santana, Lolita para amigos y familiares, no pierde la sonrisa mientras sostiene el programa de fiestas de este año. Muy cerca, a tan solo unos metros, la observa sentado, tranquilo y silencioso su marido, Juan Hernández, expectante a que sea su esposa la que ponga en marcha la máquina de la memoria y rebobine hasta aquellos días de dura labranza de la tierra, de empaquetadoras de “tomates y papas”, de ir al baile tras la función, de coser banderines y fabricar papagüevos.
No se equivoca después de 66 años de matrimonio. Enseguida ella da comienzo: “Dime, ¿qué quieres que te cuente de la caña dulce?” “A mí me gustaba mucho ir a comer la caña dulce, aunque antes la fiesta era más sencilla y más pobre”, comienza Lola que a sus 87 años recuerda a la perfección cómo era el pueblo de Jinámar cuando ella llegó de la capital, con tan solo 14 primaveras. “Con decirte que la procesión consistía en darle tan solo una vuelta a la iglesia, que tenía solo una nave”.
La que fuera empaquetadora de “papas y tomates” continúa con el relato, pues recién acaba de trasladarse a la época en la que su madre le hacía el patrón del vestido, que ella misma cosía, para estrenarlo el día de la chupada. “El día de la víspera venían músicos de Telde que se ponían debajo de la cruz que antes había en la plaza y allí también tocaban el día grande y nosotras íbamos después de la procesión a bailar”, cuenta.
“Y eso que no cortaban la carretera”, participa Juan, que animado detalla que la gente llegaba a Jinámar “enranchada”, caminando y provistos de guitarras y timples para hacer el trayecto más ameno y unirse también a la agrupación musical que amenizaba la fiesta.
“Venía mucha gente de fuera a pie”, explica a sus 92 años Juanito, quien recuerda también cómo por pocos días no le tocó combatir en la Batalla del Ebro de 1938.
Ambos coinciden en que hay cosas que no han cambiado como los puestos de aceitunas del país, de naranjas y de cañas dulces de azúcar, aunque son críticos con los recortes
que también se han hecho visibles en la fiesta, que este año ha tenido que tirar del patronato de fiestas para cubrir el servicio de limpieza de calles, a falta de ayuda municipal. “Recuerdo que ponían banderines y en mi casa ponía un altar con la Virgen del Carmen”, recuerda Santana. Fue su hogar el taller donde se hicieron banderas, así como los trajes de los primeros papagüevos que desfilaron, restaurados hace tres años, cuando el patronato de festejos daba sus primeros pasos en la localidad.
“Todo era más sano y no veías lo que ves ahora, ya que solo había dos bares en el pueblo”, explica a La Provincia-DLP Hernández, que también llegó a Jinámar en la adolescencia. “Éramos pocos y nos conocíamos todos, así que el día de la chupada era un día de encuentro”, añade fugaz Lolita que por motivos de salud lleva sin bajar a la plaza dos años. Juan, de espíritu más tranquilo, tampoco acude ya a la tradicional chupada. “El día de la Virgen voy a la procesión”, matiza la mujer, que a su edad le siguen quedando fuerzas para impartir un taller de trapera.
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